Diario de una becaria en Barcelona

 Katia Falicoff vive en Barcelona desde 2010. Vino a estudiar, lo que además suele implicar conseguir trabajo como becaria, en su caso en comunicación y gestión cultural. Aquí va la primera entrega de sus impresiones, en primera palabra.

Buenos Aires

Septiembre 2009
Que ilusión, ya he comenzado el Máster de Gestión Cultural a distancia! Me parece increíble… es verdaderamente un sueño hecho realidad. Qué afortunada soy por poder realizar esta experiencia.

Según las fotos que vi en la web del curso, mis compañeros parecen ser algo mayores y con bastante experiencia profesional… eso me inquieta un poco, ¿estaré a la altura de las circunstancias?

Barcelona
Enero 2010
“¿Así que tú eres Katia? Cómo odiaba leer tus comentarios en el foro online, casi ni te entendía lo que decías y además contestabas muy rápido”. Estas son las primeras palabras que escucho en un bar de El Raval mientras estoy tomando una cañita (técnicamente, mi primera). Y sí, lógicamente, ¡me atraganté! No sé muy bien si mi sueño se ha convertido en una pesadilla total… Confieso que, antes de este tan ansiado primer encuentro grupal, se me habían cruzado varias ideas por mi cabeza, pero… jamás pensé que estas podrían ser las primeras palabras que salieran de la boca de uno de mis “queridos compas”.

Día tras día, descubro, de a poco y con mucha ilusión, esta ciudad… y me da la sensación que estoy en un país dentro de otro país.

Marzo 2010
Paseo de Gracia y Roselló, 9 de la mañana, una prestigiosa fundación de arte contemporáneo. Aquí es donde hoy comienzo mis prácticas de trabajo…. “¿Si leo catalán? Nunca antes lo había hecho, pero lo intentaré con mucho gusto”. Así es como tengo mi primer acercamiento con la literatura catalana. Por suerte, con la ayuda de la radio, mis oídos se han acostumbrado un poco a esta lengua, así que algunas palabras me resultan “familiares” al leerlas.

Julio 2010
Paseo de Gracia y Roselló, 2 de la tarde. ¡Qué pena me da despedirme! Sí, es un auténtico problema encariñarse tan rápido con la gente… acaba de terminarse mi primera experiencia profesional… fue interesante mientras duró, eso sin dudas.

Un becario que aspira a trabajar en el sector cultural barcelonés tiene un trabajo muy intenso: al despertarse, cada día ha de buscar las ofertas laborales que se adecuan a su perfil y sí, es realmente un trabajo agotador, ya que suele presentarse (casi siempre) una pequeña piedrita en su camino… el tan famoso -y temido- nivel C de catalán.

Sin embargo, nada es tan dramático como parece… Y con una mirada más positiva, comienzo a vislumbrar dos grandes ventajas que poseen los becarios (y quienes nos contratan): a) la primera es que al empleador le resulta muy beneficioso firmar un convenio de prácticas con ellos ya que quedan automáticamente exentos de pagar cualquier tipo de impuesto; b) además, no tienen que cumplir un mínimo de gastos en conceptos de dietas o traslados; c) los empleadores captan inmediatamente el espíritu que caracteriza a un auténtico becario: las ansias de trabajar duro a cambio de una modesta recompensa económica.

¿Y las desventajas…? Por ahora, no percibo ninguna…

Enero 2011
L’Auditori de Barcelona, 9 horas. Comienzo mi segunda experiencia profesional en el área de la gestión cultural; soy ahora más consciente de lo que es el catalán e intuyo que el desafío que se presenta es hablar y escribir en esta lengua.

Julio 2011
Productora de cine, 10 horas. ¡Qué ilusión! Ahora puedo dormir una hora más y encima me pagan mensualmente otros 100 euros! Desafortunadamente, como todo sueño… ha de terminar.

Octubre 2011
Proyecto sociocultural de patrimonio, 9:30 horas. Retrocedí nuevamente… ahora vuelvo a dormir media hora menos, pero… comienzo a encontrar aún más ventajas como becaria del sector cultural. Al verme, mi jefe ha captado automáticamente mi esencia: es decir, mi alma altruista, mis ganas de colaborar gratuitamente en su proyecto y mi enorme capacidad para sacarle adelante su trabajo a coste cero.

¡Ups! Creo que finalmente he encontrado una desventaja… Los becarios que lo son durante un período de tiempo de 3 años se encuentran en un verdadero “limbo”, en el que quedan atrapados y viven una completa contradicción: firmar “convenios de prácticas” cuando en realidad lo que hacen es trabajar, tal y como el resto de los empleados… ¿Acaso no sería más auténtico llamar a las cosas por su nombre? ¿”Convenios de trabajo” tal vez?

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